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Ciclo clínico

Ciclo Clínico
Versión preliminar del texto publicado en
Revista Cuarto Propio 4 (May0 2008)

Cada tarde se abría el portón de hierro a la misma hora para que los buses llevaran a los estudiantes de regreso a sus casas. Sin notarlo demasiado cruzábamos el umbral que demarcaba los límites del colegio y tomábamos una vía despavimentada que pasaba por encima de un caño de aguas fétidas y atravesaba los potreros que nos separaban de la autopista. Estábamos ubicados en el extremo norte de la ciudad, por fuera de la línea metropolitana. Hacía poco que el bucólico cerco de pinos y eucaliptos del establecimiento había sido reemplazado por un alto muro de concreto coronado de espinas. El muro se había erigido como respuesta a la presión de familias que demandaban más seguridad para sus hijos, pero no dejaba de producir una sensación contradictoria de encierro, de estar preso como los habitantes de un castillo feudal sitiado por hordas de atacantes bárbaros y famélicos. Y no era para menos: los potreros circundantes eran terrenos de nadie. Las laderas de la cordillera venían desde hacía décadas siendo ocupadas en oleadas sucesivas y cada vez más frecuentes por los que llegaban a la ciudad desplazados y desterrados de sus lugares de origen por alguna de las múltiples violencias.
Al salir de la autopista nuestro bus tomaba la oreja del puente que conectaba con la zona nororiental donde vivíamos. Desde que terminaba el ascenso del puente, los que se sentaban en el puesto de los músicos empezaban con la rebotadera. Los viejos resortes ocultos bajo el crudo tapizado de cuerina verde chillaban, se contraían y se estiraban bajo el peso de sus nalgas en exceso jóvenes. Ahí mismo se asomaban los ojos emberracados de don Sabas ojeándonos por el retrovisor antes de empezar con los gritos y las amenazas de enviarnos a todos a la oficina del cura rector en la mañana. Aunque llegó a cumplir la amenaza unas cuantas veces, la experiencia nos decía que el asunto probablemente se olvidaría al día siguiente. Don Sabas volvería a ser el cucho bonachón y medio tronco para el fútbol con el que se podía mamar gallo hacia el final del recorrido, cuando quedáramos ya pocos en el bus y volvieran a aparecer en sus ojos de conductor experimentado los visos habituales de tranquilidad y buen genio. Entonces volvería a ser también el hombre noble y laborioso que vivía en predios del colegio en compañía de su mujer y de sus dos hijos; vaya uno a saber qué entereza de espíritu les permitía a esos dos muchachos (que asistían al colegio gracias a la beca ofrecida por los curas a los hijos de sus trabajadores) sobrevivir el ambiente salvajemente cruel y clasista en el que se forjaba a diario nuestra educación formal. Don Sabas debía saber también por experiencia que las amenazas y los castigos poco o nada podían contra la actitud malcriada y casposa originada y fortalecida en nuestros círculos de urbanas clases media y alta.
La rebotadera empezó como cosa de unos cuántos saboteadores que se ubicaban en los puestos de atrás. Pero poco a poco fue contagiando a los menores y a los más calmados de más adelante y cada día crecía el número de los que confiaban, como yo, en que la inercia y la amortiguación nos permitiría dar el salto climático y cualitativo para ponernos en contacto no sólo con el rústico cenit de latón amarillo sino, más allá, con la poluta estratosfera. Hasta los más chiquitos, los de transición, primero y segundo, terminaron jugando a rebotar, las manitas blancas aferradas a la varilla de hierro que enmarcaba su sonrisa frente al sol vespertino, ansiosos por sentir el vacío ingrávido que brotaba de la conjunción del descenso y la velocidad.

Chofe, chofe, más velocidad
Chofe, chofe, más velocidad
Espiche la chancleta
y verá cómo le va

Del puente para allá estaba la clínica. Luego de avanzar un par de cuadras el bus se detenía frente al semáforo que marcaba la crucifixión de esquinas. Ahí terminaba la rebotadera, la inercia se dejaba vencer lentamente, las risas se extinguían. El cambio de color del semáforo tardaba unos minutos que parecían horas mientras un silencio que mucho tenía de macabro se iba tragando el ambiente lúdico y las exclamaciones exaltadas. Niños andrajosos de la misma edad de los pasajeros o incluso menores empezaban a desfilar por el lado izquierdo del bus, tiznados de humo y de polvo, intentando vendernos paquetes de dulces y galletas de leche a dos por cien, mientras los leprosos se movilizaban a su lado con dificultad, compitiendo por la misma moneda. No sé si alguien notara su presencia. Los ojos de la mayoría solían estar puestos en el lado derecho, donde la clínica nos observaba también desde su emplazamiento, silente e inmóvil. Como los árboles pueden ocultar la silueta de la luna, así el edificio de ladrillo rojo se lo tragaba todo. Parecía su propio reflejo en un charco de aguas cenagosas.
La esquina era entonces una gran bola a punto de estallar. Simulando un amanecer sangriento, el rojo detenido transmutaba lentamente en amarillo. Cuando el semáforo finalmente cambiaba a verde, la vida seguía su curso con sonora exhalación. El bus arrancaba con un bufido y escupía una nube de humo que los habitantes de la calle se tragaban impávidos. A continuación, cruzábamos la intersección y con prisa perceptible pasábamos de largo el edificio de la clínica. Se oía el tronar de los cuellos al girarse bruscamente para ver su silueta renegrida una última vez. Las dos calzadas de la avenida por la que ahora nos desplazábamos estaban separadas por un caño de aguas marrón oscuro y se desviaban al chocar contra los muros que delimitaban la exclusiva propiedad del Club Campestre. Nos inundaba una risita pueril cada vez que encontrábamos a alguien entre basura desparramada, llantas desgastadas y zapatos viejos restregando el cuerpo desnudo para sacarle el tizne de la ciudad o dándole salida a la urgencia de sus intestinos en esas aguas pútridas.
Muros bajos e inclinados, totalmente colmados de graffiti, servían para acanalar ese lento y cenagoso flujo. Tarde a tarde paseábamos los ojos por las rupestres obras de arte, reconociéndolas como parte de la dirección de nuestras viviendas. Más de uno de nosotros había participado en gregarias excursiones aventureras en las que, armados con mochilas llenas de aerosoles, se dejaba una contribución en trazos coloridos. Había todo tipo de marcas allí, desde firmas y fechas hasta anuncios de Minitecas que se ofrecían para animar las fiestas de quince años y otras ocasiones especiales. Más conspicuas solían ser las marcas territoriales de las Pirañas o los Piratas, aterrorizantes pandillas de adolescentes que se disputaban la zona. La falta de vistosidad podía confundirse con discreción o timidez, pero era imprescindible para todos, y especialmente para los mayores, que aprendiéramos a leer la advertencia que se codificaba en esos mamarrachos abigarrados. Si había entre nosotros alguno que no supiera temerle al legendario Pocillo (que había perdido una oreja en una pelea a cuchillo) o al cuajado Negro Rendón (que le había roto la cara al jefe de las Águilas por sacar a bailar a su novia), mejor que lo fuera aprendiendo de una vez desde su rastro escrito, y no en el cara-a-cara forzado e indeseable de una tarde de viernes en Unicentro.
Alfredo Molina, tan grande y se orina, cantaban los de atrás cuando el bus se detenía frente al Conjunto Residencial Santa Colonia. El pequeño Alfredo Molina, Mathías Samper, el gordo Holguín y varios otros herederos de las mayores fortunas de la zona descendían, callados pero con cierto atisbo de placer, y se encaminaban hacia sus casas blanquecinas de claro estilo europeo acompañados por sirvientas uniformadas de punto en blanco que les aguardaban puntualmente en la parada con paraguas para los días de lluvia o sombrillas para los días de sol. Poco después el bus cruzaba una carrilera caída en desuso y mientras se iba desocupando rectificaba su curso y retomaba el rumbo norte que le devolvería eventualmente a los parqueaderos del colegio.

Los domingos el programa de moda era ir a la Ciclovía. Desde su inauguración algunos meses atrás, cientos y miles de personas madrugaban para inundar las avenidas principales en ropa deportiva, en bicicleta, en patines, o simplemente a pie, paseando a los perros o charlando con amigos y disfrutando de un salpicón o un jugo exprimido de naranja mientras posaban la vista en el resto del reparto dominguero. Para esa ocasión Ciro Roldán arregló una salida con Margarita Fiorillo, vecina y amiga suya de toda la vida. Se rumoraba que a Margarita le iba a echar el cuento un amigo de Ciro y había gran expectativa por conocer el desenlace de esa historia. ¿Se irían a cuadrar? ¿Sería capaz Margarita de mandarlo a comer mierda? ¿Qué iría a pasar?
Pacho López, el amigo de Ciro, llegó a la Ciclovía puntual y orgullosísimo, estrenando patines y dispuesto a todo. Comieron helado, bebieron gasesosa, intercambiaron saludos con conocidos, se sentaron en el prado bajo el sol, bromearon con picardía durante un rato y, por supuesto, patinaron. Cuando el reloj marcó la una, hora mágica en que las calles volvían a ser cenicienta propiedad de los automóviles, iniciaron el peregrinaje de regreso al barrio bordeando el caño con dirección norte. Modelándose en imágenes viriles y seductoras que había visto en películas, Pacho se colgó los patines al cuello y descalzo inició el recorrido a un ritmo de trote moderado. En uno de los descansos, tomándose una limonada, había compartido con Margarita su deseo de convertirse en boina verde, uno de esos rubios y mejorados soldados estadounidenses encargados de preservar la democracia y la religión en El Salvador, en Nicaragua, en Guatemala y en gran parte de esos fundos que nos separaban de Miami. Pacho quiso que Margarita le imaginara destacándose entre alimañas con un cuerpo musculoso que a duras penas cabía dentro del uniforme verde oliva, el rostro embadurnado de pintura y sudor para lograr un perfecto efecto de camuflaje.
Debió aguantar el trote unas diez cuadras a lo largo de potreros delimitados por alambres de púas antes de detenerse, exhausto, en el lugar donde se encuentran la avenida y la desembocadura del puente. Gran parte del terreno que abarcaba esos barrios aún no había sido urbanizado plenamente y las edificaciones de algunos sectores residenciales y la clínica alternaban con los terrenos verdes del Club y con potreros como esos que acababa de pasar, donde vacas y ovejas pastaban plácidas y desentendidas de los rituales ciudadanos. Sentado en el andén se dedicó a recuperar el aliento y a esperar al grupo rezagado que traía a Margarita Fiorillo. Frente a él pasaba el caño con su doble flujo: uno subterráneo, interior y viscoso que arrastraba lodo y basuras; y uno externo y marginal por el que desfilaban carros y personas atentas sólo a sus asuntos domingueros. Perdido en la conjugación de imágenes bucólicas y urbanas, Pacho oyó de pronto detrás suyo a alguien que silbaba y repetía un sonsonete.
--Siete, siete, siete, sí...
Azuzado por la curiosidad, se dio vuelta. Sin querer se quedó observando a un hombre que salía del edificio y se recostaba contra un poste al interior del patio de la clínica. El hombre le devolvió la mirada y silbó algunas notas, para luego repetir:
--Siete, siete, siete, sí...

A pesar de pasar por allí en el bus varias veces por semana, era una de las primeras veces que Pacho veía a alguien entrar o salir de ese edificio: una tarde vimos desde el bus cómo un grupo de enfermeros le arrebató en cuestión de segundos una pequeña niña a una mujer joven visiblemente alterada y redujo a esta última, enfundándola en una camisa de fuerza. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todos tras la puerta, como si se los hubiera tragado la intensa luz blanca que emanaba desde detrás de las cortinas. En otra ocasión Pacho vio, nítida, en una ventana de la clínica, un rostro adulto que le observaba y sonreía. Al encontrarse sus ojos con los de él, la figura desapareció con presteza tras la cortina.
Estaba seguro de que aquel rostro no era el mismo que veía ahora. Éste era de contextura frágil y esquelética, y no parecía exactamente pertenecer a un adulto. Unas inmensas ojeras parecían hablar de privación de sueño; el color pálido de su piel, de ausencia de sol. Sin dejar de repetir su estribillo ni perder por un instante el ritmo, el hombre le hizo señas con la mano para que se acercara. Pacho dudó en un principio, viéndolo bajo la sombra oscura de la clínica y adivinándolo un caso de demencia. Pero esto a su vez le encendió la curiosidad y pensó que si no se aproximaba demasiado, la cerca de alambre que los separaba le mantendría a salvo de cualquier maldad que el loco tuviera en mente. Avanzó unos pasos mientras notaba que cambiaba el contenido del estribillo, aunque su ritmo permanecía inmutable:
--Ocho, ocho, ocho, ¡uh! –seguido de la aguda coda de silbidos, hasta volver a repetir:
--Ocho, ocho, ocho, ¡uh!
Finalmente, el tipo se calló, y al ver que Pacho no se acercaba más, intentó otras palabras.
--Acercate, pelado, no tengás miedo. Yo no soy demente, soy de chocolet – y diciendo esto se dio un lambetazo en la piel del brazo y le miró con sonrisa de adrede desequilibrada. –Vos estudiás en el San Juan, ¿no?
--¿Por qué lo decís? –respondió Pacho, ahora asombrado.
--Elemental, pelado, por el uniforme.
Medio avergonzado, Pacho pasó revista con los ojos a sus vestiduras. El feo uniforme de educación física era la única prenda deportiva con que contaba en su ropero, y no se le había ocurrido pensar que hubiera algo inapropiado en llevarlo puesto un domingo. Un conocido del barrio había hecho un comentario sarcástico al respecto en la Ciclovía: “los del San Juan tienen que dar boleta a donde van. No se quitan el uniforme ni para dormir”. Tenía razón.
--Yo también estudiaba allí—continuó el loco. –Antes de que me arrastrara la perdición. Mi vieja todavía me tiene guardada la sudadera en la casa. Igualita. Los mismos verdes y amarillos mareados, la misma textura lisa y brillantosa. Lo único distinto era el perro del pecho, que en mis tiempos tenía un aspecto más fiero. Éramos verdaderos manes de perro en pecho.
Se refería al perro Doberman que llevaba en el pecho de la camiseta y en la espalda del saco. Era la mascota de los invencibles equipos deportivos del colegio.
--Sueño con ser ese perro. A veces amanezco convertido en él. Fornido, feroz, sediento de sangre: la esencia del ser juanista.
De la ventana que daba a ese patio salía un rancio olor a hambre. Pacho permanecía mudo, escuchándolo, pensando si sería mejor irse o quedarse. El muro que daba contra el patio de la clínica estaba cubierto por un graffiti escrito con pintura azul. Aunque Pacho quiso, no pudo descifrar el mensaje.
--¿Sigue vivo el cura Ortiz?
No tuvo que asentir para que el loco siguiera preguntándole con nombre propio por los curas y por los profesores, hablándole de sus recuerdos, no muy lejanos, pero algo idealizados, de lo que en su época era el colegio. Mientras tanto, el sol proseguía con su trayectoria occidental, regándose a manotadas en sombras cortas. La nostalgia de este personaje produjo en Pacho ganas de contarle de los últimos acontecimientos. El potrero que lindaba con el patio desde el cual este exorbitado le interpelaba le hizo pensar en el que demarcaba la vecindad del colegio, tan parecido. El caño de aguas fétidas que los buses debían cruzar mañana y tarde para entrar y salir del colegio también era como el de acá.
Entrando en confianza, Pacho empezó por hablarle de lo complicado y pavoroso que era perder el bus en las mañanas o en las tardes. En esos casos valía más no asistir a clases o quedarse quieto hasta conseguir a alguien que pudiera llevarle a uno en carro. Los taxistas no querían ir hasta allá, y las rutas intermunicipales de los buses obligaban a realizar el paso sobre el caño a pie, cosa sumamente riesgosa en esos desolados parajes suburbanos. Valentón que lo intentara resultaba atracado sin falta: fuera zapatos, relojes, cadenas, bluyines, camisas, chaquetas, además de cualquier dinero que uno llevara encima. Hasta pirobeo si se estaba bien de malas. Y chuzo al que osara resistirse. Ese era el tratamiento reservado por los vecinos para los gringos y arribistas estudiantes del colegio. Los repetidos robos a las instalaciones también se habían hecho constantes. Cada vez era más frecuente que los bachilleres encontraran sus casilleros abiertos y desvalijados al llegar en las mañanas. Se decía incluso que una noche los ancianos curas habían tenido que sacar de la capilla, a batazos y golpes de azadón, a dos hombres que encontraron desvalijando el sagrario.
Desde hacía unos meses esos potreros también se habían convertido en parte del escenario político. Por un sino fatal, el primer acto fue protagonizado por la abuela de Alfredo Molina. Su cadáver degollado apareció botado una madrugada entre los pastizales del humedal, entre animales que rumiaban despreocupados. Pacho no estaba seguro de haberlo notado esa mañana cuando pasaron por allí en el bus, no lograba recordar si de verdad había visto el bulto a través de las ventanas empañadas por el vaho, o si habían sido el recurrente chismoseo y el pánico allí resguardado los que le habían plantado esa imagen encostalada en el recuerdo. En la radio dijeron que la abuela degollada no era más que un mensaje de los grupos de narcotraficantes que la habían secuestrado. Querían con este acto presionar al gobierno para que hiciera concesiones en la ley de extradición que se estaba tramitando por entonces en el Congreso. El abuelo de Molina, un industrial tan adinerado y prestigioso como los familiares de muchos de sus compañeros, era el representante del gobierno en esas negociaciones. Que supiéramos, nunca se halló a los responsables del horrendo crimen. En todo caso, Molina se fue del país y hubo un periodo en el que nadie se acordó del sonsonete ese con el que solían hacerle llorar. Pasados unos meses ya había sido reemplazado por nuevas burlas, prueba de que el recuerdo de ese crimen había sido sepultado por los muchos que le siguieron.
Luego de contarle estas cosas, Pacho experimentó la incomodidad de no saber si había dicho demasiado o muy poco, y cayó en un profundo silencio. El tipo se quedó mirándolo también en silencio por unos minutos, hasta que irrumpió con una nueva tanda de silbidos y refranes cantados:
El puente está quebrado
Con qué lo curaremos
Con cáscaras de huevo
Burritos al potrero
¡Que pase el rey
Que ha de pasar
Que alguno de sus hijos
Se ha de quedar!

Los amigos de Pacho se aproximaban a la distancia, y él empezó a alejarse de la clínica con un gesto. El tipo lo notó, y quizás a eso se debieran sus saludos recomendados para el cura Ortiz.
--Decile que me acuerdo mucho de él todo el tiempo. Me llamo Marco Capurro. Él se debe acordar de mí, pelado. Siempre tuvo una memoria increíble, el cura. Seguro que no me ha olvidado.
Cuando llegaron sus amigos, Pacho se les juntó en silencio. Estaba tan ensimismado repasando las dudas que le había generado la irrupción de este demente que a Margarita Fiorillo ni la determinó, pero ella tampoco a él. ¿Por qué estaría encerrado allí ese hombre, en esa cínica clínica? ¿A qué tipo de tratamientos estaría siendo sometido? ¿Electroshock? ¿Sustancias químicas? ¿Privaciones? ¿Aislamiento? ¿Lo tendrían realmente prisionero los vicios y las adicciones? Pero, ¿por qué? ¿Acaso no había estudiado con los mismos curas que él? ¿No eran acaso los juanistas los buenos de la película, como los boinas verdes? ¿Quién le habría permitido caer en tentación? Mientras lo bombardeaban estas preguntas, Pacho pensó en los muchachos adolescentes que se reunían al anochecer en las bancas y los prados del parque vecino a su casa. Decían las señoras que esos muchachos se reunían a tomar aguardiente y fumar droga, que terminaban la noche haciendo graffiti en los muros y destruyendo las instalaciones del parque infantil enloquecidos por un impulso satánico. Según su mamá, eran pandilleros, vándalos, kolynos y coca-colos. No lograba comprender por qué se usaban para designarlos los nombres de esos productos.
Coca-cola es así, es refrescante, es sensación.
Es la chispa de la vida.
¿Quiere Coca-cola? Chúpese la cola.
¿Su papá es policía?
¿Cuántos tiros da en el día?
Coca-cola, Pepsi-cola, ¿cuántos años tienes tú?
Kolynos te deja los dientes blancos y un aliento fresco.
Blancura pura. Bésala fresco.

Antes de subirse al bus a la mañana siguiente, Pacho sopesó la posibilidad de decirle algo al cura en la rectoría. Lo imaginó negando recordar a nadie bajo ese nombre, a pesar de las facultades de su memoria, cuyo vigor, como bien señalaba Capurro, estaba mil veces comprobado. Pero lo que finalmente lo disuadió de la idea fue imaginárselo interrogándole sobre sus nexos con ese individuo desahuciado. ¿Qué andaba haciendo él relacionándose con ese marihuanero, con ese degenerado? ¿Tenía algo que ver con sus hábitos reprobables?
Todavía al cruzar el portón del colegio pudo oír la voz del loquito proyectada desde el patio, cantando y recitando como un desquiciado:
Ocho, ocho, ocho, ¡uh!
Ocho, ocho, ocho, ¡uh!
Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera
me da leche condensada
ay qué vaca tan salada
tolón, tolón

A la salida de clases, mientras el bus reteñía una vez más el trazo del recorrido que diariamente lo llevaba de regreso a la casa, Pacho no pudo evitar aguzar la vista y el oído al llegar al semáforo. Mientras se apagaba la rebotadera notó que empezaba a llover. Las primeras gotas que cayeron sobre los vidrios y el pavimento eran finitas. Pero la tenue llovizna que hizo que algunos de los transeúntes sacaran a relucir sus paraguas se transformó rápida e inesperadamente en un diluvio. Ahora llovía a cántaros, y el único punto por el que Francisco podía aspirar a ver algo era el frente del bus, gracias a los cansados limpiaparabrisas que luchaban chirriando y empujando por resistir el embate del agua, así que se desplazó unos puestos hacia delante. Por encima del ruido del aguacero contra el latón del bus, del chirrido de sus partes mecánicas, de los últimos rebotes de los estudiantes que hacían crujir los amortiguadores y de las consecuentes amenazas de don Sabas, le pareció oír la voz del loco una vez más, esta vez cantando un estribillo que habría de retumbar en su mente por el resto de la semana:
--Que llueva, que llueva, la loca está en la cueva...
Pero aunque sus ojos indagaron en las ventanas y en los alrededores del edificio de ladrillo rojo, Pacho no pudo dar con la figura que el día anterior había acompañado a esa voz.

El domingo siguiente Pacho y Margarita Fiorillo se cuadraron por teléfono. No pasó una semana antes de que ella le terminara por presiones de su mamá (eso fue lo que contó su mejor amiga, Juanita Villegas). No sé hasta qué punto eso haya sido cierto, pero sé que a Pacho tampoco le importó. Pasaron años hasta que volviéramos a oír de ella, cuando la eligieron para representar al departamento en el Reinado Nacional de la Belleza. Creo que incluso quedó entre las finalistas en Miss Mundo o Miss Universo. Hoy debe ser una mujer felizmente casada. Pacho en cambio nunca llegó a ser boina verde. Me pregunto si alguno de los dos conservará un recuerdo de esa tarde de domingo.